Ensayo para habitar una casa

Esta muestra entra de lleno al entorno doméstico, manifiesto en los soportes y los materiales, y, sobre todo, en la forma de abordar esta temática desde un enfoque convencionalmente femenino. Una invitación abierta al diálogo y a la reflexión.

has construido tu casa
has emplumado tus pájaros
has golpeado al viento
con tus propios huesos

has terminado sola
lo que nadie comenzó

Alejandra Pizarnik

 

Está en exhibición la muestra Textos, velos y maquillaje para ensayar una casa en el Museo Fernán Félix de Amador. Participan las artistas visuales Mariana Fadon, Paula Figoli y Marcela Cueto. Se puede visitar hasta el 22 de septiembre, de lunes a viernes de 9 a 15 h, y sábados y domingos de 10 a 17 h.

 

Puntos de partida

Tomando la parte por el todo, se puede hablar de “cuarto” en lugar de “casa”, como lo hizo Virginia Wolf en El cuarto propio. En ese escrito, la autora propuso que la mujer precisa un espacio que sea solo suyo e independencia. Ese lugar, físico y mental, representa la necesidad de un sitio donde poder reflexionar y desarrollar la creatividad sin interrupciones.

Por su parte, Gastón Bachelard brinda un enfoque complementario al de Wolf para dimensionar la relevancia de la propuesta de las tres artistas. De acuerdo con La poética del espacio, la casa es un espacio fundamental que refleja la intimidad y la vida interior del ser humano.

Bachelard la aborda no solo como una estructura física, sino como un símbolo cargado de significados emocionales y psicológicos. Algunos puntos clave sobre su concepción de la casa son las nociones de refugio y de protección, pero también de opresión; las de memoria y de nostalgia; la de espacio de la imaginación; la de simbolismo y, sobre todo, la de arquitectura del ser.

Pueden sumarse otras referencias para tener en cuenta, tales como los pintores Kuitca y Rotkho, los dibujos con tramas de León Ferrari, más la sensibilidad extrañada de Silvina Ocampo. Y todo esto intervenido por la pátina de los días. Un juego de indicios, pistas para Ariadna que no conducen a ninguna parte porque, quizá, no haya salida del laberinto ni tampoco Minotauro, o sí, pero uno con lasitud mansa. El trabajo, ahora, es del espectador. Lo que aparece ya ha sido revelado. ¿Qué queda?

 

La muestra

La palabra borrada por el hábito, y el hábito que no hace al monje, pero sí a la mujer. La superposición de capa sobre capa como sedimentos inmemoriales, que son rastros de cultura y de piedra. Lo amorfo (el cuerpo desnudo) y la forma (la ropa).

El recuerdo del talle de un vestido de un cuerpo que ya no es el propio. Neceseres. Maquillajes. Siluetas difuminadas. Ventanas rústicas y aleatorias que se abren a una intimidad amenazada por el mandato que viene del afuera.

O tramas que se vinculan con telares, con obras textiles, con ensambles de lo diverso en un nuevo texto cohesivo. Una manta, una casa hecha con tramas de tinta. Y después de todo, ¿qué es dibujar una casa? La repetición, propia de las pequeñas formas geométricas con tinta, como los días: cadenas para atar o tejidos para protegerse.

Otra obra, compuesta por partes diversas individuales presentadas como un conjunto, lleva esta información: “De la serie memorias de la niña. Maquillajes, acrílicos, papel, lienzo, hilo y cositas”. Curioso ese “cositas”, pero consecuente con la composición de la obra mediante piezas independientes que conforman la historia de un sujeto, un relato que cabe en un neceser o en un alhajero. Y se destaca la delicadeza de un hilo dorado fusionado con la rusticidad de clavos ostensiblemente visibles que sujetan un lienzo sobre un marco que se vincula con el trabajo manual, artesano (la parte central de estas “memorias”).

Luego, si se continúa el recorrido propuesto, aparece la imagen de una casa que ha sido tomada por el bosque: livings y dormitorios invadidos por la naturaleza o, por qué no, a la inversa: una casa que toma el bosque. Por ejemplo, una cama entre árboles o en el mar. La vida milenaria.

Y también la vida viviente, no la vida a la que está acostumbrado el ojo. “Espero no perder de vista una cosa”, dice una obra, pero la trama se disuelve, quizá como el ojo que llega a un lugar donde nunca ha estado antes y no sabe adónde dirigir la mirada o la vista acostumbrada a la repetición. Espejos que enfocan los pies (no es una metáfora: una obra consta de un cuadro que enfoca directo a los pies).

Asimismo, hay cierta coquetería con el lujo: suntuosas arañas de luces presentes en varias composiciones y en un tríptico, donde solo aparece la araña en cada dibujo. El cristal que multiplica la luz, la luz rococó que acondiciona la casa, que la torna más amena, pero que, en su pesadez, también la vuelve opresiva.

Similar a lo que sucede con el maquillaje: un elemento que embellece, aunque también puede desfigurar. Objetos, a su vez, que se le imponen al individuo mediante la moda y la cultura.

Y, a todo esto, en muchas obras, hay billetes. ¿Por qué? Tal vez como ofrendas, y acaso también encuentren eco en la independencia económica de la que hablaba Virginia Wolf para que las mujeres pudieran emanciparse de los hombres.

Sin embargo, también hay un aura de religiosidad. Esto se hace evidente, por caso, en una serie de rosarios que marcan el papel luego de ser prensados: heridas abiertas, heridas cicatrizadas o flagelo. Sea como fuera, rosarios que se hacen carne.

Cabe destacar que la mancha domina sobre el dibujo, excepto en los dibujos con tinta (aunque estos también, mediante la superposición, configuran sectores ilegibles). Es lo que pasa con empapelados florales, habitualmente asociados a habitaciones de niñas, transformados por veladuras de pintura y rayones.

En este sentido, no hay saturación cromática. Lo que hay es difuminación y una paleta en la que predominan tonos cálidos. De hecho, los tres cuadros más saturados en sus colores están ocultos detrás de un liencillo teñido de rosa, que dice “cárcel o refugio”. Esto es así a diferencia del último cuadro, instalado en el centro del ángulo donde confluyen dos paredes, con una mitad sobre cada lado y, en el medio, rojo sangre (quizá una connotación bastante obvia para el visitante distraído, aunque significativa, al final del recorrido, en su ubicación exacta entre los dos planos, como si el cuadro hubiera debido doblarse para persistir).

La diversidad de técnicas, de objetos y de soportes, más el montaje que busca habilitar espacios de intimidad, como quien dispone los muebles de una casa, remiten a ese proceso lento de apropiarse de un cuerpo, de una identidad, de una certeza, de una palabra. Aunque haya que borrar, rayar, tachar, ocultar, ocultar afirmaciones como “soy yo”, que emerge apenas visible en un cuadro.

En esta dirección, sobresale el montaje. Este es tal vez el verdadero hilo que enhebra la muestra, que ofrece estancias o, mejor dicho, habitaciones para ser transitadas.

De todas formas el viento sopla. Las espinas van cayendo. Las referencias se pierden. Y, entonces, realmente, ¿qué significa habitar, qué significa, especialmente, habitar una casa?

Cuentan que ciertas aves le dan forma a sus nidos girando sobre sí mismos, una y otra vez, hasta lograr una estructura que se adecúe perfectamente a su cuerpo. Así, por último, cabe preguntarse: ¿cuál es el sentido existencial de una casa? Textos, velos y maquillaje para ensayar una casa podría ayudar a dar con una respuesta, aunque no sea más que tentativa la fragmentación de la subjetividad que se sabe para siempre descentrada.

 

Por Matías Lemo, es Licenciado y doctorado en Letras. Investigador y docente
Nota publicada en LadranSanchoweb
Luján, prov. de Buenos Aires, Septiembre 2024

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